Después de un día un Cochabamba encontramos un departamento y conocimos a misioneros italianos muy buenos. La próxima día descubrimos que había la posibilidad que vivimos en Lima…por el resto del ano. Un poco frustrado, hicimos planes par ir desde La Paz a Lima en bus, un viaje que dura 27 horas. Queríamos volver a Bolivia – para estar cerca de la familia de Carolina y trabajar con pacientes con Chagas. Entonces, dejamos la mitad de nuestras cosas, como una excusa para regresar a Bolivia. Abrumados con el cambio de planes y la idea de vivir en una cuidad de 6 millones de personas, decidimos de contactar la familia Lock – los padres de mi compañero de cuarto en Northwestern.

Ha pasado muchos anos desde la ultima vez que yo los vi (2006, cuando fui a Machu Picchu con su hijo, Willy, y Adam Schaecterle). Sin embargo, Santiago e Ilda inmediatamente nos invitaron a nuestra casa. Desde el momento que nos recogieron del terminal de los buses, nos llovieron con hospitalidad. Comimos comida ricísima en su casa y en los restaurantes locales. Con ellos vimos las partes de la cuidad mas bonitas, como Larcomar, un centro comercial esculpido de las montanas al lado del mar Pacifico. Fuimos a misa con ellos y, como hijos adoptados, estábamos partes de las festividades de la familia, incluyendo el día de Santa Rosa (que también fue una fiesta de cumpleaños para mi). El resto de la familia, especialmente la madre de Ilda, también eran muy acogedoras.

Santiago e Ilda son muy dulce. Santiago nos llamo cuando fuimos a una parte de la cuidad (tal vez para comer ceviche o un postre peruano), y se preocupo como un padre cuando no escucho algo de nosotros por un tiempo. Cualquier cosa que le preguntamos, se dejaba las cosas que estaba haciendo para ayudarnos. Ilda causo a Carolina a sonreír con los postres peruanos deliciosos cada noche. Cada noche ella escuchó mi español malo, llenando las palabras que yo faltaba, y con paciencia, se repito sus palabras cunado mis oídos no podían escuchar todo.
Santiago e Ilda son el epítome de la hospitalidad de los suramericanos, para lo cual la frase “mi casa es tu casa” es practicado literalmente. Estamos muy agradecidos por nuestros padres peruanos, sus brazos abiertos, sus corazones grandes y su ejemplo de la generosidad. Les queremos mucho!

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After arriving in Cochabamba, finding an apartment, and forming a social network with great Italian missionaries, we were told to pack up and head to Lima…for good. A bit frustrated, we reluctantly made plans for a 27-hour bus ride from La Paz to Lima for two days later. Determined to return to Bolivia – to be near Carolina’s family and work with Chagas patients – we left behind half of our belongings in Cochabamba as an excuse to return to Bolivia. Overwhelmed by the change in plans and prospect of finding our way around the 6-million-person-dense city of Lima, we decided to immediately contact the Lock family – the parents of my roommate at Northwestern.

Though it has been years since I last saw them (2006, when I hiked Machu Picchu with their son, Willy, and Adam Schaechterle), Santiago and Ilda promptly invited us to their home. From the moment they picked us up at the bus terminal, they showered us with hospitality. We were constantly fed amazing cuisine – both in their home and at local restaurants. They showed us the prettiest parts of the city, like Larcomar, a mall carved out of the rocky bluffs towering over the Pacific Ocean. We attended mass with them; and, like adopted children, were part of family festivities, including el día de Santa Rosa, on of the two most important patron saints of Lima (which turned into a birthday celebration for me).

Both Santiago and Ilda are incredibly sweet. Santiago would also call us when we ventured off to different parts of the city (often to find ceviche or other Peruvian treats), and would worry like a father when he hadn’t heard from us. Anything we inquired about, such as traveling to Cuzco, he would drop everything he was doing to assist with. Ilda, equally sweet, would bring smiles to Carolina’s face every night with delicious Peruvian pastries for dessert. She would sweetly listen to my broken Spanish every night, filling in the missing words, and patiently repeat herself when my ears couldn’t keep up with her.

Santiago and Ilda are the epitome of South American hospitality, for which the statement “mi casa es tu casa” is meant literally. We are ever so grateful for our Peruvian parents, their open arms, big hearts, and great instruction about giving. We love you!

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